Pasan de largo los transeúntes ajenos al arte que se regala. Suda el músico ambulante su condición de vagabundo y suda el mimo el maquillaje que con tanto esmero oculta su rostro. Canciones que desde las cuerdas se filtran en los adoquines y mensajes que sordos se cuelan entre los escaparates de las calles más comerciales, tratan de saciar las necesidades del día y, de paso, resolver la gran incógnita que siempre acompaña al errante, aunque sea en forma de logotipo comercial.
