La ciudad se asoma desde la colina para poder mirar al río. Las casas de los barrios altos quieren bajar a mojar sus pies a la orilla y las bajas quieren subir a secarse las ventanas con la brisa marina. Una ciudad que constantemente baja, que no termina de subir, necesariamente ha de estar poblada por escaleras: recoletas, suaves o empinadas; empedradas, retorcidas y bellas.

