Como si fueran catedrales, las bodegas de El Puerto tienen los muros gruesos, las naves alargadas y los techos altos. En las cubas que se apilan dentro permanece, desde hace casi doscientos años, el alma del primer vino. Un espíritu que mantiene el sabor a mar que ha recibido en las lomas en que se crió y que sigue recibiendo en su reposo a través de las ventanas sin cristales que se abren en los muros. 
SilentHades — 17-05-2005 01:31:52