Sentado en una terraza del paseo marítimo un inglés rasguea una guitarra por malagueñas y bebe vino tinto. Al sol reluce el pelo blanco que le asoma bajo el ala de un sombrero negro y sus ojos de caminante lejano, del color del cielo, miran a ninguna parte. Las sombras se alargan y el sol de enero no termina de decidir si debemos ponernos la chaqueta o zambullirnos en las olas rebeldes. Los compases flamencos, aprendidos de escuela, llenan la tarde que pasa lenta, como el vuelo de las gaviotas.