Todo es arte en Iznájar. Siglos de vela al acecho de rapaces jinetes castellanos o vengativas marlotas moriscas, hicieron que el pueblo creciera blanco sobre el Tajo eminente, que la forja de lanzas de rejería noble se aguzara en defensa, que el cubo de la torre parroquial bebiera aires de atalaya, de recinto murado con arbotantes de cantería. Ahora sólo es vigía de un Genil crecido en taracea de olivos y huertas; y dominando todo este paisaje de algaras, el nidal de campanas donde Antonio toca la oración del anochecer o el doble de los entierros.
Pablo García Baena