Los mismos focos que me sacaban del anonimato convertían en sombra a la masa que, sin embargo, sentía. Sentía su calor, sentía sus alientos, sentía sus miradas aunque delante sólo tuviera un ardiente ojo eléctrico.
También sentía los latidos de mi corazón a un compás más rápido que el que debía marcar: ni en semicorcheas alcanzaba sus palpitaciones.
A pesar del sonido emitido me hallaba dentro de un profundo silencio del que sólo salí cuando una emotiva ovación lo rasgó.
Entonces empecé a ver rostros en las sombras.