Buscando Luz he vuelto a mudarme a una casa más grande, donde puedo recibir a más gente y con menos problemas de aparcamiento.
Tú también estás invitado a seguir viendo fotos en Perdido en la Ciudad.
Toma aire y lo expulsa haciendo vibrar los labios; con la precisión de un relojero suizo desplaza la vara hasta el lugar preciso que le proporciona exactamente el sonido deseado y pinta de melodía la tarde de primavera.
Todo el país arde bajo las llamas y muchos de sus habitantes pierden lo poco material que conservaban. Pero mantienen la esperanza y reciben las noticias con flores. 
Tres de mis obsesiones fotográficas se juntan en unos pocos metros de una calle del bello barrio lisboeta de Alfama: las ventanas, los animales y la ropa tendida. Y es que, Portugal es otra de mis obsesiones fotográficas, por eso vuelvo una y otra vez para comprobar cómo sus habitantes se asoman a las ventanas para contemplar como pasa la vida sin llegar a darse cuenta que la vida son ellos.

Fielmente ha guardado el perro los muros de esta casa asegurada desde hace casi dos siglos. Quizá por eso se mantenga en pie el trozo de enlucido que lo soporta, aunque sea lo único que se conserva de esta vieja casa de Alfama.
Los visigodos construyeron un castillo en Lisboa para defenderla del invasor y para llegar a las atalayas más altas idearon estas empinadas escaleras por las que hoy suben curiosos y sin prisa los hijos de los turistas que visitan la capital portuguesa.
Construida sobre templos romanos, visigodos y árabes se funda a mediados del siglo XII esta Sé para conmemorar la reconquista de la ciudad. Las torres gemelas que hoy reciben al visitante coronan almenas para defenderse de aquel invsasor. A sus pies los arcos del pórtico descansan sobre sobrios pedestales de piedra centenaria.
Pasan de largo los transeúntes ajenos al arte que se regala. Suda el músico ambulante su condición de vagabundo y suda el mimo el maquillaje que con tanto esmero oculta su rostro. Canciones que desde las cuerdas se filtran en los adoquines y mensajes que sordos se cuelan entre los escaparates de las calles más comerciales, tratan de saciar las necesidades del día y, de paso, resolver la gran incógnita que siempre acompaña al errante, aunque sea en forma de logotipo comercial.

En la célebre zarzuela La Verbena de la Paloma, el grotesco personaje del boticario Don Hilarión, mientras dudaba con cuál de las dos guapas chulapas quedarse cantaba aquello de:
Una morena y una rubia,Más de un siglo después, sentado al sol en una concurrida terraza frente a la desembocadura del Tajo algunos siguen dudando si escoger entre el bienestar que produce la rubia o el de la morena...
hijas del pueblo de Madrid,
me dan el opio con tal gracia
que no las puedo resistir.
Caigo en sus brazos ya dormido,
y cuando llego a despertar,
siento un placer inexplicable
y un delicioso bienestar.
Y es que las dos,
!ja, ja, ja, ja!,
se deshacen por verme contento,
!ja, ja, ja, ja!,
esperando que llegue el momento
en que yo decida,
!ja, ja, ja, ja!,
cuál de las dos
me gusta más
Escucho el silencio. O el bullicio de los vecinos. O el bullir de la cocina. Huelo el cocido y las flores y la limpieza de la ropa que se seca. Siento el barrio. Reconozco los adoquines, los balcones, las calles empinadas. Y veo en su mirada toda la vida de la mujer de negro que en una brizna de luz busca entre las paredes su pasado.
Por la ventana de la habitación que huele a naftalina y humedad entra el aroma a jabón de las sábanas recién lavadas que se airean en el patio de la pensión. ¿Cuántas historias conocerán estas sábanas?
Emparentados con las jálbegas malagueñas, los Moliceiros de Aveiro (o Musolheiros, según quien lo diga) esperan en el tranquilo muelle de la ría a que vengan a por ellos para hacerse a la mar desde donde yuntas de bueyes les ayudarán a recolectar los kilos de sardinas que acaban en el plato. Cada uno de estos Moliceiros es una obra de arte, tanto pictórica como poética. Quizá porque toda la ría es una poesía. Para muestra, un sólo lema.




El Atlántico, tan bravío que durante años surca océanos en busca de tesoros sumergidos, regresa fiel a su costa de origen para besar la orilla de piedras gruesas -olvidadas desde que emprendiera viaje- y escuchar el canto que le ofrecen. El regala la espuma, fruto de su amor intenso.
La ciudad se asoma desde la colina para poder mirar al río. Las casas de los barrios altos quieren bajar a mojar sus pies a la orilla y las bajas quieren subir a secarse las ventanas con la brisa marina. Una ciudad que constantemente baja, que no termina de subir, necesariamente ha de estar poblada por escaleras: recoletas, suaves o empinadas; empedradas, retorcidas y bellas.


Donde el río vierte sus aguas al mar, los ciudadanos vierten sus residuos al río. Los peces rebuscan en las basuras su alimento y el pescador rebusca entre las corrientes revueltas su captura.